Brel - Brassens - Ferré
El pais llano
con el mar del norte como extremo solar
y las ondas dunas para detener las olas
y imprecisos peñones que cubren las mareas
y que para siempre tienen el corazón a marea baja
con infinitas brumas venidoras
con el viento de este escachádlo aguantar
ese pais llano que es mío
con catedrales como únicas montañas
y negros campanarios como cucañas
donde gárgolas negras descuelgan las nubes
cada día que pasa para único viaje
y para única noche senderos de lluvia
con el viento del oeste escuchádlo querer
ese país llano que es mío
con un cielo tan bajo que se perdió un canal
con un cielo tan bajo que exhala humildad
con un cielo tan bajo que se colgó un canal
con un cielo tan gris que se le debe perdonar
con el viento del norte escuchádlo romperse
ese país llano que es mío
con Italia que bajaría por el Escaut
con Frida la rubia al cambiarse en Margot
cuando los hijos de noviembre regresan en mayo
cuando la llanura humeante tiembla en julio
cuando el viente se rie, cuando el viento sopla en el trigo
cuando el viento sopla del sur escuchádlo cantar
ese pais llano que es mío
Jacques Brel
La tormenta
Habladme de la lluvia y no del buen tiempo:
el buen tiempo me asquea y me hace rechinar los dientes,
el cielo azul me encoleriza,
pues el mayor amor que me fue dado en la tierra
se lo debo al mal tiempo, se lo debo a Júpiter:
me cayó de un cielo de tormenta.
Una noche de noviembre, a caballo sobre los tejados,
un trueno de Brest, gritando como un condenado,
encendía sus fuegos de artificio.
Saltando de su cama en camisón
mi vecina, presa del pánico, vino a llamar a mi portón
requiriendo mis buenos oficios.
“Estoy sola y tengo miedo, ábrame por piedad.
Mi pobre esposo acaba de salir a hacer su duro oficio,
pobre infortunado mercenario,
obligado a dormir fuera cuando hace mal tiempo
por la buena razón de que es representante
de una casa de pararrayos.”
Bendiciendo el nombre de Benjamin Franklin
la puse a buen recaudo entre mis brazos
y luego el amor hizo el resto.
Tú que siembras pararrayos por doquier
que no hayas plantado uno en tu propia casa
es un error de lo más funesto.
Cuando Júpiter se marchó con su música a otra parte
la bella, habiendo por fin aplacado su pavor
y recobrado todo su coraje,
regresó a sus lares a secar a su marido
dándome cita los días de mal tiempo,
dándome cita la próxima tormenta.
A partir de aquél día no volví a bajar la mirada
dediqué mi tiempo a contemplar los cielos
a mirar pasar las nubes
a otear los estratos, a mirar de reojo los nimbos
a poner ojitos tiernos a los mínimos cúmulos…
Pero ella no volvió.
El bueno de su marido hizo tan buen negocio,
vendió tantos palitos de hierro aquél día,
que se hizo millonario
y se la llevó hacia los cielos siempre azules
de países imbéciles donde nunca llueve,
donde no tienen noticias del trueno.
Dios quiera que mi endecha vaya, a toque de trompeta,
a hablarle de la lluvia, a hablarle del mal tiempo,
cuando estuvimos el uno contra el otro;
a contarle que algo como un rayo asesino
en el centro de mi corazón dejó el dibujo
de una pequeña flor que se le parece.
Georges Brassens
Los Anarquistas
Sólo hay uno de cada cien, y sin embargo existen,
la mayor parte españoles, vaya usted a saber por qué.
Cómo es posible creer que en España no se les comprende.
Los Anarquistas.
Recibieron de todo, bofetadas y adoquines,
gritaron tan fuerte que pueden gritar todavía.
Tienen el corazón delante, y sus sueños en medio.
Luego el alma trastocada por quiméricas ideas.
Sólo hay uno de cada cien, y sin embargo existen.
La mayoría hijos de nada, o bien hijos de tan poca cosa
que no se les observa jamás, sino cuando se les tiene miedo.
Los anarquistas.
Han muerto más de cien veces ¿por cuál cosa, por qué?
Con el amor en el puño sobre la mesa o sobre nada,
con el aspecto terco que da la sangre derramada
golpearon tan fuerte que pueden golpear todavía.
No hay más que uno de cada cien, y sin embargo existen.
Y si es necesario comenzar por recibir patadas,
no habrá que olvidar que ellos bajarán a las calles,
los anarquistas.
Tienen una bandera negra que se burla de la esperanza
y la melancolía para avanzar en la vida,
cuchillos para cortar el pan de la amistad
y armas enmohecidas para no olvidar.
Sólo hay uno de cada cien, y sin embargo existen,
y se mantienen firmes codo con codo, dichosos,
y es por eso que siempre están de pie
los anarquistas.
Leo Ferré